Cuando una princesa acalorada juega contigo en su aposento dándote todo a cambio de nada, hace memorable cada momento. Su huella es profunda e imborrable. No se olvidan sus gestos ni su risa, ni su sensualidad regia, incomparable, cuando el éxtasis la tenía sumisa. Y aunque ya pasó el cóndor cansino, y con su vuelo tétrico, calculado, sacó a la diva morena de tu camino, nada de su sentir se te ha olvidado. Porque la amaste con fervor y locura, ni el tiempo, viejo petulante y traicionero, te puede hacer olvidar aquella andadura, en la que no te guardaste ni un te quiero. José Enrique Oti García.