Soñaba que llegaba la brisa con la frescura del mar y que besaba los cerrados párpados de dos luceros, luceros, hermosos, maravillosos, y hechiceros que la tristeza consiguiera que dejaran de brillar. En la distancia su esplendoroso talle dejaba abrazar, quería ser amada por su lejano y buscado consuelo. En su ardiente imaginación llegaban juntos a un cielo donde su deleznable tristeza ya no la podía atrapar. Y volaban por lindos paraísos donde caían copos de miel, donde las tiernas caricias las imaginaban aterciopeladas, donde en la distancia dos insinuantes y profundas miradas hablaban de besar cada diminuto poro de la deseada piel. Luego llegaba la constelación de estrellas fugaces que iluminaban su mágico y resplandeciente universo. Era un universo donde la prosa se transformaba en verso donde un gorrión y una paloma se hicieron aves rapaces. Llegaba la despedida y ninguno de ellos se quería despedir. Eran despedidas eternas, eternas hasta que lo dejaron ...